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jueves, diciembre 1, 2022
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El Olimpo

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Después de Rimet

Por: María Reyes / @maria_FerGR

La primera vez que descubrí a Annie Leibovitz fue cuando lanzó su campaña fotográfica para Disney (Disney Dream Portrait Series), con fotos mágicamente retocadas para que las celebridades del momento se convirtieran en famosos personajes de cuento. El casting para esa sesión es un recuerdo del estado de cosas circa 2010: los cantantes, modelos, parejas y actores de moda formaron parte de este trabajo conjunto con una de las fotógrafas más reconocidas por el público en general.

De esta serie, la primera foto que vi fue la recreación del príncipe Felipe, conocido héroe de La Bella Durmiente. Sin embargo, hasta la fecha me sigue causando fascinación que la elección para esa fotografía titulada “Donde la imaginación salva el día”, fue David Beckham.

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Definitivamente el retrato de Beckham no es sólo una consecuencia lógica de su popularidad en 2007, su última temporada con el Real Madrid, sino un ejemplo de la fusión entre atletas de alto rendimiento y las posibilidades que ofrecen 1) como cara visible y 2) como cuerpo-vasija del arte. Realmente, no me interesa perseguir (por ahora) la idea del jugador como un producto, donde la fama y el dinero intersectan con u vida personal para crear un estereotipo de la clase futbolística. Más bien, como a Leibovitz en su serie, me interesa el segundo punto. Como bailarín, tu trabajo no sólo consiste solamente en ejecutar los movimientos de forma correcta (principalmente para evitar lesiones) ni en memorizar una coreografía de dos horas.

El rendimiento físico va de la mano con la estética; hay que hacerlo ver bien, lograr que cada instante sea una foto potencial, que el espectador no note lo difícil o doloroso que pueda ser una pas de deux. La clave para cualquier bailarín es la transmisión de emociones a través de movimientos etéreos e interminables.

A veces pienso que el fútbol es una coreografía porque tiene una lógica interna. Si lo pensamos, las jugadas tácticas son básicamente eso: una combinación ensayada tantas veces que, si el balón lo permite, se ejecuta con maestría y logra un gol. Sin embargo, en el baile no existe ese factor balón, no hay un “a ver si podemos ejecutar esta jugada”; el bailarín ensaya más de cuatro horas diarias porque sabe que no hay escapatoria al combo que sigue.

Aún así, cuando vamos a una mini pausa y nos transmiten el replay de la jugada en cámara lenta, observamos el trabajo muscular del delantero, por ejemplo, con detenimiento: qué músculos se tensan, cuáles se híper-extienden, dónde estuvo el punto de apoyo… todos aquellos datos que facilitan al jugador entender sus victorias y errores, con la diferencia de que ellos no tienen la presión de verse bien mientras juegan, sino de responder con efectividad a las exigencias del partido en turno y los factores de riesgo.

Por eso, cuando comparaba ciertas fotografías de Leibovitz donde los estelares son deportistas o bailarines, no pude evitar pensar en lo difícil que debe ser recrear el ambiente natural de una jugada casi aleatoria frente a una cámara. En la serie de retratos Disney, Leibovitz usa mano de David Beckham (Príncipe Felipe), Michael Phelps (Tritón de La Sirenita), Mikhail Baryshnikov (Peter Pan) y Roger Federer (Rey Arturo). De estas fotografías, los únicos que hicieron un trabajo físico demandante fueron Baryshnikov y Phelps, quienes involucraron el cuerpo para lograr ciertas tomas de encanto. Pero nadie pensó que Leibovitz se quedara conforme con esos retratos, así que llevó su estudio de los deportistas un paso más allá.

Rumbo al Mundial de Sudáfrica, cuando los retratos Disney salían a cuentagotas, la experta fotógrafa se dedicó a retratar a los dioses de la cancha. Esta serie de fotografías buscaban demostrar que el futbol es el deporte más importante de la historia no sólo por el compromiso atlético de los jugadores, sino porque representan las expresiones máximas de las identidades globales. Ella sostenía, como podríamos pensar todos, que el fútbol realmente debería explicarse a través de los colores de cada jugador; sólo así entenderíamos las dinámicas de futbolistas millonarios y sus vidas diarias, sobretodo en fechas lejanas al mundial.

Así nacieron una serie de fotografías con jugadores al desnudo (casi literalmente), donde lo más importante era descifrar su estilo personal, lo que los hacía únicos, y contrastarlo con sus creencias y acciones en su país. Para tal efecto, Leibovitz hizo viajes maratónicos para encontrar a los jugadores en los países que los albergaban.

Es extraño, pero puedo decir que gracias a esa serie, hace una década conocí de cerca de los actores principales del Mundial 2010. Existen tomas de Sulley Muntari (Ghana), Landon Donovan (EUA), Eto’o (Camerún), Pato Da Silva (Brasil), Stankovic (Servia), Drogba (Costa de Marfil), Michael Ballack (Alemania), Carlton Cole (Inglaterra) y, mis dos favoritos: Buffon (Italia) y Kaká (Brasil). Gracias a estas fotografías, vemos a un Gianluigi Buffon en tiempos de la Juve, arrojándose por el aire con el balón en mano, una mezcla entre un vuelo y un desafío. Kaká, del Madrid, en proceso de hacer una chilena sin balón.

De hecho, los balones están atrás, fuera de foco, mientras él es la estrella de un movimiento que parece que ha ejecutado mil veces. Drogba, por su parte, está retratado saltando en el aire para recibir el balón con el pecho, un segundo antes de que rebote contra él. Se aprecia el esfuerzo en los brazos justamente para controlar el esférico cuando lo reciba.

Como dije, los jugadores no siempre se preocupan por verse bien. Me genera mucho conflicto que Kaká no apunte el pie, que Buffon no haga una diagonal perfecta o que Drogba no sonría al recibir el balón con el pecho. Sin embargo, cuando emulan esas jugadas (con o sin balón), nada más por el placer de que la cámara retrate lo que los hace diferentes, únicos, cualquiera se da cuenta de que el conocimiento del propio cuerpo es lo que logra el rendimiento en un partido. Usan los músculos necesarios para lograr el pase perfecto, la anotación ideal.

De repente, cobró sentido por qué Leibovitz es la fotógafa preferida de los Beckham, Roger Federer y la autora de esa icónica foto del club del 10: Pelé, Maradona y Zidane jugando futbolito de mesa. De hecho, esta foto fue tomada en un momento agonizante. Mientras estos tres personajes era fotografiados, el Barcelona se jugaban su permanencia en la Champions contra el Inter Milan. Yo diría que, si hablamos de la historia del mundo, este es uno de los momentos más icónicos, y fue la pantalla de campaña para Louis Vouitton: “tres viajes excepcionales. Un juego histórico. Lugar: Café Maravillas, en Madrid (2012). Si uno es muy observador, puede observar el monograma ZZ en la famosa valija LV.

Estas fotografías que exploran la fascinación por el cuerpo del atleta, me llevaron a encontrar una joya. Annie Leibovitz fue la encargada de las fotografías publicitarias de México ’86. Una serie tanto dinámica como introspectiva, donde el jugador, el esférico y México están unidos. Si el Mundial 2010 buscaba retratar a los mejores de la cancha, las fotos de México ’86 definió lo que es ser un dios en el Olimpo. El modelo transita las pirámides, las playas y bahías, los manglares y los desiertos mexicanos con nada más que unos tenis, unos shorts y un balón. De Leibovitz he visto todo: fotos de Roberto Bolle, el bailarín italiano, Giselle Bünchden, John Lennon, la realeza británica… pero nada me ha fascinado más que sus fotos con futbolistas, sobretodo estas.

La apuesta novedosa de que la publicidad de un mundial se realizara únicamente con material fotográfico y por una mujer, levantó la relación de la afición con la geografía nacional. El poster del Mundial, de hecho, fue la sombra de un jugador sobre uno de los Atlantes de Tula, un tipo de reinterpretación de los juegos prehispánicos. Independientemente de la década y del olvido en el que han caído estos afiches, las fotos son atemporales, pues describen la única relación que importa durante un partido: el balón y el tiempo.

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