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jueves, diciembre 1, 2022
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La vida se mide en Mundiales

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Después de Rimet

Por: María Reyes / @maria_FerGR

Ya lo dijo Hernán Casciari.

 

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Cuando me esté acomodando en un banquito del bar, cerveza en mano, lista para disfrutar la primera disputa de Qatar 2022, tendré casi treinta años. Y eso aterra. Mejor aún, ojalá me esté acomodando en el sofá de mi propio departamento, independiente, despreocupada, a los casi treinta. Ojalá no esté trabajando maratónicamente como en el mundial 2018. Ojalá esté en Qatar.

Honestamente, no tengo claro cuándo es que uno empieza a cuestionarse su propia temporalidad mediante los mundiales. Antes de eso, yo empecé a contar los lapsus temporales entre los Juegos Olímpicos. En 2006, conscientemente disfruté mi pRafrimer Mundial. Era quinto de primaria y mi amor por los futbolistas atractivos me hizo tatuarme con pintura tricolor RAFA MÁRQUEZ en la frente (a mí y a otras muchas compañeritas preadolescentes). Esa final Francia-Italia, transmitida desde la comodidad del auditorio del colegio, es eternamente recordada por el cabezazo de Zidane. Yo, que no había amaestrado el arte de diferenciar a cada equipo, jamás había visto tanta demostración de adrenalina ni deseado tanto estar en un lugar como en esa cancha, ese momento. Quería saberlo todo, preguntar todo, escuchar qué se decían aquellos hombres, cómo era el verbo del juego.

En general, esa es una cuestión que siempre me ha dado curiosidad, más ahora que no se escuchan ruidos en las gradas y el futbol, que necesita ser escuchado, se desenvuelve en su versión más primaria, natural, con sólo el ruido de los jugadores, árbitros, entrenadores, pies y esférico. Generalmente, hay que deconstruir algo para realmente entenderlo. Las oraciones se deshacen en palabras que se deshacen en fonemas. ¿Cuál es la unidad mínima del fútbol? Pasolini creía, y me hace sentido, que era el simple acto de usar los pies para generar movimiento en un balón. Allí comienza el lenguaje futbolístico. Un día, medio-izquierdo-a-veces-delantero y yo veníamos caminando en el Parque Ecológico. Él venía discutiendo cualquier cosa con otro amigo. Yo, que no le agarré el interés a la conversación, puse el balón que llevábamos en el suelo y lo empujé ligeramente hacia él. Instintivamente me lo regresó y todo el camino fuimos haciendo pases mientras él discutía, pongamos que especulación financiera. En algún momento, cuando él distraídamente buscaba cómo tirarme un pase perfecto –suena glorioso dicho así, pero la verdad estábamos lado a lado–, que no fuera muy largo como para hacerme correr, muy corto como para ponérmela muy sencilla, con el derecho o la zurda, sentí que entablamos la conversación más profunda del mundo.

En ese momento, realmente no pensé que hubiera un lenguaje futbolístico como tal, pero claro que si alguien pone una pelota en el suelo y se la pasa a alguien con el pie, instantáneamente espera una respuesta de su receptor inmediato. Ese grupo de amigos que alguna vez estuvimos en el Parque Ecológico nos hicimos amigos de niños y jóvenes con ese simple gesto. Y se hizo la palabra. De esa conversación nacen combinaciones de pases diferentes, infinitas. No es lo mismo una práctica en cuarentena que una final de la Champions (qué bonita idea para investigar); los jugadores no “hablan” igual en todos los partidos. De ahí que cada partido tenga su ritmo propio, sus combinaciones específicas. Pasolini dice que los jugadores son los emisores o codificadores y la afición los decodificadores. No lo sé. Honestamente, pienso que antes de que el espectador decodifique el lenguaje, lo tendría que decodificar el jugador contrario o el delantero que recibe la asistencia, el portero, en fin, quien reciba o intercepte ese balón. Habría que pensar en el papel de los espectadores (y luego los que lo ven retrasado en la televisión, los que lo siguen por alguna app, los que lo escuchan…).

¿Qué es un gol, entonces? Y no creo poder responder esta pregunta sola, desde la teoría. Para empezar, diría que el significado del gol se construye entre todos, la asistencia, el goleador, el portero que intenta y falla, el entrenador, el espectador. Un significado instantáneo que mezcla la forma de mover el balón (técnica), la oportunidad (destino o soberbia humana), y el ímpetu (la poesía, el arte, el sentimiento detrás). Cuando bailas, la primera pregunta es “¿por qué bailas?” Si tu respuesta no tiene mucho que ver con interpretar emociones para conectar con una verdad que percibes pero no entiendes y sería intransmisible de otra forma, no vas a triunfar en un escenario. Eso es poesía en el futbol también. Si tu gol no esconde una verdad, no es realmente una combinación de palabras poética. Independientemente de esto, un gol (poético o fortuito), depende de la sintaxis y el pulso que el discurso del partido le otorgue.

Hace unos días, me topé con la efusiva remembranza de Iker Casillas en Instagram: 10 años del Mundial de Sudáfrica, del triunfo de España, de la revelación Thomas Müller y del beso robado de Iker Casillas a Sara Carbonero. Al principio, cuando lo volví a ver tras muchísimo tiempo, me fui por lo cursi: fue un beso y ¡qué beso! Tras dos días de que apareciera constantemente en mi feed, algo más se me ocurre, y es que ese beso lo está dando un hombre que acaba de levantar la Copa del Mundo y se acaba de proclamar el mejor guardametas del planeta. Y entonces creo que no es sólo un beso, es una verdad que se traspasa de la cancha a la vida. Todo el tiempo vemos a los futbolistas que avientan besos al cielo, a sus familias en las gradas, a la cámara, expresando aquello que se siente, se percibe y no se puede transmitir más que con el gesto más poético del mundo extra-estadio. Lo sublime.

Nota: Lean a Pier Paolo Pasolini, que sabe bastante, aquí: https://www.mabuse.cl/texto_escogido.php?id=86465

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