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jueves, diciembre 1, 2022
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Después de Rimet

Por: María Reyes / @maria_FerGR

Tuve la audacia de reírme de ese autogol. En mi mente, a los pocos minutos, ese autogol era un destino muy diferente al que todos vimos en los noventa minutos; para mí era un respiro, pensar que el Bayern tal vez no estaba en su mejor momento y teníamos una oportunidad. Que quizá no ganaríamos pero daríamos un juego digno de recordarse. Que podríamos ganar. Y sonaba muy bien. El Barcelona, último bastión de España, entre los grandes de Europa. Tal vez podría pasar, aunque todos nos preparábamos mentalmente para que no, porque la directiva comete errores, la planilla está desconcentrada, Setién es obstinado, Messi luce de malas.

Saliendo de la oficina, medio-izquierdo-a-veces-delantero y yo corrimos para terminar de ver el primer tiempo en un lugar decente, cada quien en su respectiva burbuja de afición. Él, sonriente, con su playera del Bayern, me causaba demasiado estrés. Para el tercer gol, autoría del mini equipo Gnabry y Goretzka, estaba de malas pero resignada, como alguien que no ha comido pero sabe que eventualmente se calentará algo, aunque sea en el microondas. Estaba mentalmente preparada para perder; perder por un 2-3 sonaba razonable, esperable. Como a los primeros diez o quince minutos del segundo tiempo, mi papá me mando un mensaje de “todavía hay tiempo”. Pues nada, realmente no había y nunca hubo.

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De ahí en adelante, la cuenta de goles se hizo como parpadeo. No terminabas de sentir el ardor de uno para que te golpeara el siguiente. Y lo único que nos quedaba era esperar algo para que los alemanes dejaran de anotar cada tres segundos. La cuenta iba Müller, Kimmich –inserte aquí la entrada de Ansu Fati que debió haber sido Puig–, Lewandowski, Coutinho. Si Manuel Neuer no nos hizo gol fue porque le dio pereza, no por falta de oportunidad.

Pedí compasión, la verdad. Tal vez nos abracen el lugar de festejar, para que no nos duela tanto. “Recuerda a Brasil”, me dijo J., mi amigo de siempre, vía mensaje. No podía verlo pero me imaginaba que estaba enojado, muy enojado. Algo de la construcción de sus frases me lo decía, eran cortantes, como monosílabos. Recordé el Mineirazo; creo que no había nunca una goliza tan impresionante como esa. Tiene un lugar en la historia del mundo, de las ideas, de la tragedia. La vi en La Chopería de San Francisco con unos amigos y, claro, me preguntaron a quién le iba. Alemania, lógico. En asuntos de apuestas uno apela más a la racionalidad; no importa que pertenezcamos al mismo continente, que nos una Latinoamérica en la sangre. En futbol, todos lo sabemos, la maquinaria alemana es mordaz y precisa. Esa vez, creo, se me grabó el rostro de Thomas Müller: de los pocos alemanes que me parecen atractivos, implacable; también ahí empecé a asociar el nombre del enemigo Tony Kroos, un eco en el minuto 24, 25… Kroos, Kroos!

Nada, que los alemanes no se tientan el corazón. Y maldije ese autogol de la vergüenza, porque realmente, al término del partido, fue como una burla. Un chiste. Viví para ver la época del peor chiste español en el mundo. El problema era salir, ser veloces, hacer valer ese 50.8% de posesión del balón. Podía solucionarse, podíamos remediarlo o, al menos, irnos con la dignidad de quien hace la mejor de sus guerras. Pero Setién existió y su única respuesta fue un par de cambios cuando ya era muy tarde.

El viernes, para olvidar mis penas, me dediqué a actividades de contemplación y relajamiento, incluida una noche de botanas y fuegos artificiales. Una de las pocas personas que no había podido ver semejante atrocidad me preguntó qué había pasado en el partido, algo había escuchado en un Zoom (porque ahora Zoom es un verbo, adjetivo y esencia). Fatal, dije. 8-2 y uno fue autogol. No inventes, respondió, y se quedó pensando los números por una milésima de segundo: ¿8-2 en una Champions? 8-2 en una Champions. Y entonces lloré como vaca. Lloré como David Luiz en Mundial.

¿Desde cuando no podemos salir de nuestra propia cancha? ¿Cuándo se ha visto al Pistolero tan errático? ¿Desde cuándo nos falta velocidad” ¿Cuándo fue la última vez que vimos a Ter Stegen tan desconcentrado? ¿Se tiene que ir Messi? ¿En qué momento nuestras transacciones nos han rebotado en la cara?

Hace rato, Setién fue destituido tardíamente del F.C. Barcelona, pasando a la historia como la novena vez en toda la historia del Club que recibimos paliza de siete goles. Desde 1995, no perdíamos por cinco goles de diferencia en Primera División. No sé cómo lo sienta resto del mundo, pero en el ’95 yo tenía un año; eso equivale a decir que no había conocido nunca el dolor. Está roto el Barça, dicen las notificaciones en mi teléfono. Setién, finalmente, está lejos de nosotros, habiendo dejado miserias a su paso. No se puede ir por Europa así, diría Piqué. Pues no. Este es el fondo y se siente nefasto. Ahora, se juega en junta la directiva; todo apunta a una transformación radical. ¿Será Pochettino, Xavi, Koeman? ¿La directiva dejará trabajar a quien llegue? En este contexto, con tan mala administración, Bartomeu debería salir por la puerta de atrás y reunirse con Setién en el olvido, donde no hagan más daño.

Eso sí, que no se nos olvide que las culés del Barça femenil siguen en los cuartos de la Champions con una Liga ya ganada y semifinales de la Copa de la Reina. Regresando a la normalidad, tal vez tendríamos que ver un poco más de cerca de las chicas. Al menos, son las favoritas para ganarle al Atlético y seguir en la contienda. No todo en el Barcelona es horrible; no todo lo estamos haciendo mal.

J., mi amigo, escribió alguna vez un gran texto que decía, muy nostálgico, que era necesario advertirle a Luis Enrique, Ernesto Valverde, Quique Setién y a cualquier otro Director Técnico que llegue en el futuro: perdona si te llamo Pep. Pues no. No tuvimos ni la ilusión de que el corazón se equivocara nombrando a Setién como un grande. Ni en sueños cometeríamos la blasfemia de llamarte Pep.

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